COMO OLVIDAR
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COMO OLVIDAR

Cuando papá dejó a mamá…

Desde niña una de las cosas que más disfrutaba era ver a mis padres tomados de la mano, la manera en que mamá se esforzaba planchando a detalle sus camisas, la comida antes de las 3 y la casa reluciente para recibirlo cada tarde era admirable.
El lazo entre los dos era tan fuerte que me hacía sentir segura, caminar por ahí acompañada de mis padres fue algo incomparable. Los años pasaron y con ellos llegaron nuevos compañeros: la rutina y las preocupaciones.

Papá comenzó a cambiar, dejó de ser detallista, la amargura se volvió su sombra y no hacía otra cosa que ver el televisor. Aquellas tardes en las que jugueteaban en el jardín sólo quedaron en los recuerdos de mi memoria.

Mis hermanos y yo ya no éramos unos niños, sabíamos que mamá lloraba hasta quedarse dormida esperando a mi padre, él ya no se emocionaba al verla, parecía que su única felicidad era salir de casa todas las mañanas, arreglado y dejando su perfume al pasar.

Estaba con otra…mamá ya no era suficiente para él, ahora sus manos se entretenían en otro cuerpo, su aliento tenía una nueva dueña y la responsable de sus sonrisas era esa que le mandaba mensajes durante el desayuno.

¿Cómo pudo soportar tanto mi madre? El cinismo del hombre con el que había vivido durante 20 años dolía peor que una cuchillada. Creí que la manera tan brutal en la que perdió peso era porque se sentía triste pero estaba tan equivocada…

Pronto nos acostumbramos a la ausencia de mi padre, podían pasar días sin verlo, pero ¿por qué mi madre estaba tan mal? La mayoría del tiempo tenía fiebre, su respiración era acelerada y su cabello realmente estaba por toda la casa. Ya no era la misma, se esforzaba pero siempre estaba cansada.

Cómo olvidar la noche en la que mi padre tomó sus cosas y se fue de la casa, mi madre contuvo el llanto pero no dijo nada, justo después de que papá arrancará ella se desvaneció y la sangre corriendo por su nariz parecía no tener fin.

Entonces lo supe, ahí estaba mi madre, con un dolor en el corazón pero también en cada uno de sus huesos, conectada a una sonda que le atravesaba la vena y, me di cuenta porque no se quitaba el gorro, su cabeza estaba limpia, apenas y tenía unos cuantos cabellos.

Mi madre estaba muriendo de cáncer y mi padre no lo sabía, no lo sabía porque estaba enredado entre las sábanas de otra mujer, una aventura le impidió decirle adiós a la mujer que le entregó su vida, que lo atendió con todo su amor, que estuvo ahí cuando no tenia nada y que lo defendió hasta de su familia.

Ella dijo que todo siguiera igual, que no molestáramos a mi padre y que sólo quería morir cerca de nosotros. Mis hermanos y yo nos esforzamos en hacerla feliz sus últimos días: leerle, cantarle, platicar, ir a la playa y acariciarle la cabeza hasta dormir, pero aquella noche ya no despertó.

Era momento de que él lo supiera, ¡por Dios! Recuerdo como se le cortó la voz, en minutos llegó a casa, entró lentamente, ni siquiera pudo llegar de pie a la cama, sus rodillas se doblaron y el dolor parecía carcomerle el alma.

Desde ese momento se aferró a su cuerpo, como si mi madre lo escuchara le gritaba su arrepentimiento, el remordimiento lo ahogaba en cada respiro, pero de nada sirvieron sus lamentos porque ella ya estaba bajo tierra.

Y así fue como mi padre entendió que una aventura no sólo puede causar sonrisas también una pena que lo acompañará el resto de sus días.

 

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